sábado, 11 de febrero de 2012

Me arranco la piel que no has tocado


No tengo nada que hacer con mi noche. Las ideas se desvanecen. No tengo sueño tampoco, entonces, en medio de la oscuridad pretendo salir de la habitación para escribir. Casi caigo, me había olvidado que hay un cable por donde mis pies cruzan. Prendo la luz, bajo, acomodo algo rápido. Veo el reproductor de música y el cd que me regalaste, lo alcanzo. Aquí comienza todo y al parecer termina mi noche.

Hay dos manos extendidas. La bailarina de la caja  sigue girando mientras yo le de cuerda. Cuando estoy cerca de ti me quedo sin palabras, pero hay cumulo de ellas atrapadas en mis lágrimas. No digas que me quieres, si es a ella a la que llevaras al baile, si es a ella a la que le hablas dulcemente al oído y abrazas sin temor. Yo sé que no debo envidiar nada, y mucho menos cuando soy una persona fría, que obviamente no se deja querer, ni permite que alguien se acerque a ella con un halago, y aun así, tú no puedes pretender que me guarde mis deseos en el bolsillo del pantalón, porque seguirán resbalando como gotas por el tejado, cayendo precipitadamente y derrapando en la acera, perdidas, oscuras. Como todo lo se guarda y se olvida poco a poco, y regresas a verlo una tarde vieja, te das cuenta de tu error y quieres regresar el tiempo atrás, pero los gritos de los fantasmas del presente te ahorcan. A ella le das la rosa y a mí la espina. Ella arroja sus palabras, y dice que me quieres, pero si no me lo dices tú, de nada sirve. Y si lo dices y no lo sientes tampoco sirve. Y si lo callas en tu silencio y no lo gritas, entenderé. Así que para verlo por mi propia cuenta lleve mi paraguas a la estación, y te vi con ella, felices. Regrese a casa por el  camino rocoso y lleno de musgos. La gente alrededor me preguntaba, que te pasa? Y yo digo, “no es nada. Pronto comenzara a llover y es tan solo eso, me han caído un par de gotas en la cara”. Miro hacia atrás, a lo lejos y desearía que se prendiera una luz en tu ventana, pero si lo hace, tendré que resignarme que estas junto a ella y tendrán una noche magnifica, entonces cierro la puerta y prometo que jamás volveré a salir.

Un ruido, el perro ladra, los gatos hurgan en la basura. Han llegado. Se sacan las chaquetas, ya están adentro. Yo también estoy adentro, en mi cárcel emocional.

Eran tus manos, estoy segura, pero ahora se han cansado de golpear la pared, entonces apagas tu voz y ella gime, estoy segura que lo han disfrutado. Yo por mi parte, duermo con los ojos abiertos, mi ligero cuerpo cae en la cama, mis pensamientos ruedan por el suelo. Mi esperanza se mece en una hamaca, mis huellas escalan tus sueños. La noche dura lo que una lagrima tarda en secarse. Cada  día mi alma amanece arrugada y vacía, se pasea desnuda de esquina en esquina por toda la casa, y cuando el sol se marcha; está llena de dudas. Mi pluma te dibuja, pero no puedes verlo. Mis versos se agitan y los siento más distantes a pesar de estar unidos. El peso de ellos se disipa en partículas para llegar a la nada absoluta. La cumbre se enciende, las oraciones se separan, las palabras se odian. Tú me amas?  Siempre cambio de tema, me encanta hacerlo. Tú me amas? Dímelo tú sin tener la necesidad de preguntártelo. Yo te amo.  Abofeteo a cada una de mis ideas tontas sobre perderte, tú eres quien me va a rescatar. Pero se hace tarde y el único rayo de luz que existía en esta habitación lo ha obstruido una rata que se quedó dormida en el techo y desde aquí adentro yo solo puedo tirarle piedras a los relojes, no me importa el tiempo. Quemare las hojas del calendario, no me importan los días, si aquí todo permanece igual. Me quedare quieta por miedo, parada junto a una columna, con piernas pasmadas y las energías bajas, sintiendo que me desmayo, que se me falta aire, que mi cuerpo no crece, todo lo olvidare y no oirás a mi boca escupir nostalgia de lo que no fue. Yo te quiero, ahora y por siempre, aunque sea de lejos y callado, mi precioso poema incompleto. 

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