No tengo nada que hacer con mi
noche. Las ideas se desvanecen. No tengo sueño tampoco, entonces, en medio de
la oscuridad pretendo salir de la habitación para escribir. Casi caigo, me
había olvidado que hay un cable por donde mis pies cruzan. Prendo la luz, bajo,
acomodo algo rápido. Veo el reproductor de música y el cd que me regalaste, lo
alcanzo. Aquí comienza todo y al parecer termina mi noche.
Hay dos manos extendidas. La
bailarina de la caja sigue girando
mientras yo le de cuerda. Cuando estoy cerca de ti me quedo sin palabras, pero
hay cumulo de ellas atrapadas en mis lágrimas. No digas que me quieres, si es a
ella a la que llevaras al baile, si es a ella a la que le hablas dulcemente al
oído y abrazas sin temor. Yo sé que no debo envidiar nada, y mucho menos cuando
soy una persona fría, que obviamente no se deja querer, ni permite que alguien
se acerque a ella con un halago, y aun así, tú no puedes pretender que me
guarde mis deseos en el bolsillo del pantalón, porque seguirán resbalando como
gotas por el tejado, cayendo precipitadamente y derrapando en la acera,
perdidas, oscuras. Como todo lo se guarda y se olvida poco a poco, y regresas a
verlo una tarde vieja, te das cuenta de tu error y quieres regresar el tiempo
atrás, pero los gritos de los fantasmas del presente te ahorcan. A ella le das
la rosa y a mí la espina. Ella arroja sus palabras, y dice que me quieres, pero
si no me lo dices tú, de nada sirve. Y si lo dices y no lo sientes tampoco
sirve. Y si lo callas en tu silencio y no lo gritas, entenderé. Así que para
verlo por mi propia cuenta lleve mi paraguas a la estación, y te vi con ella,
felices. Regrese a casa por el camino
rocoso y lleno de musgos. La gente alrededor me preguntaba, que te pasa? Y yo
digo, “no es nada. Pronto comenzara a
llover y es tan solo eso, me han caído un par de gotas en la cara”. Miro hacia
atrás, a lo lejos y desearía que se prendiera una luz en tu ventana, pero si lo
hace, tendré que resignarme que estas junto a ella y tendrán una noche
magnifica, entonces cierro la puerta y prometo que jamás volveré a salir.
Un ruido, el perro ladra, los
gatos hurgan en la basura. Han llegado. Se sacan las chaquetas, ya están
adentro. Yo también estoy adentro, en mi cárcel emocional.
Eran tus manos, estoy segura,
pero ahora se han cansado de golpear la pared, entonces apagas tu voz y ella
gime, estoy segura que lo han disfrutado. Yo por mi parte, duermo con los ojos
abiertos, mi ligero cuerpo cae en la cama, mis pensamientos ruedan por el
suelo. Mi esperanza se mece en una hamaca, mis huellas escalan tus sueños. La
noche dura lo que una lagrima tarda en secarse. Cada día mi alma amanece arrugada y vacía, se
pasea desnuda de esquina en esquina por toda la casa, y cuando el sol se
marcha; está llena de dudas. Mi pluma te dibuja, pero no puedes verlo. Mis
versos se agitan y los siento más distantes a pesar de estar unidos. El peso de
ellos se disipa en partículas para llegar a la nada absoluta. La cumbre se
enciende, las oraciones se separan, las palabras se odian. Tú me amas? Siempre cambio de tema, me encanta hacerlo. Tú
me amas? Dímelo tú sin tener la necesidad de preguntártelo. Yo te amo. Abofeteo a cada una de mis ideas tontas sobre
perderte, tú eres quien me va a rescatar. Pero se hace tarde y el único rayo de
luz que existía en esta habitación lo ha obstruido una rata que se quedó
dormida en el techo y desde aquí adentro yo solo puedo tirarle piedras a los
relojes, no me importa el tiempo. Quemare las hojas del calendario, no me
importan los días, si aquí todo permanece igual. Me quedare quieta por miedo,
parada junto a una columna, con piernas pasmadas y las energías bajas,
sintiendo que me desmayo, que se me falta aire, que mi cuerpo no crece, todo lo
olvidare y no oirás a mi boca escupir nostalgia de lo que no fue. Yo te quiero,
ahora y por siempre, aunque sea de lejos y callado, mi precioso poema
incompleto.
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